Propongo 2 septiembre, 2010 11:21

Ponme media de bicho suizo y dos de pulpo, Manolo

Os voy a desvelar la historia de la Taberna Parrillada Manolo. Una historía misteriosa, caliente, con animales exóticos y aliens de por medio.

Por fin tengo mis fotos de ese día y el lugar, os aseguro, no tiene desperdicio.

Durante estas vacaciones, los amigos organizamos una excursión a la Ribeira Sacra. Queríamos recorrer los Cañones del Sil en un catamarán. Teníamos la visita concertada para las 13.00 horas y, aunque llegamos de milagro (por algo es la Ribeira Sacra), llegamos. Nos perdimos un par de veces por el camino, mientras yo sudaba estrés por todos mis poros a medida que recorríamos una y otra vez una carretera de juguete y sin quitamiedos que mostraba el esplendor del precipicio hacia el río. En fin, esa es otra historia.

Después de la visita, que dura un par de horas, queríamos comer en la cafetería situada junto al embarcadero y que servía, decían, bocadillos. Atención, consejo: si tienen ustedes intención de recorrer el río Sil en catamarán, no esperen comer en la cafetería del embarcadero.

Éramos unos cuantos amigos, no recuerdo exactamente, pero viajábamos en tres coches. Nos pusimos en fila para pedir los bocatas, y resumiendo, no había para todos. Algunos habíamos pedido ya y no nos servían (aunque nos habían cobrado). Otros querían queso y no había, pero sí había, aunque debía ser el queso fantasma. Otros casi tienen que pagar dos veces una cocacola. Bueno, en realidad esos eran los mismos que esperaban a ser servidos mientras su queso emulaba al río Guadiana: aparecía y se volvía a marchar. En esas estábamos, hambrientos como jabatos, cuando algunos decidieron ir a buscar otro lugar para comer.

«Vamos para la Parrillada Manolo, nos han dicho que está aquí al lado, no tiene pérdida, os esperamos allí». Pues bien, sí tenía pérdida, sí. Después de subir y bajar, subir y bajar, acantilado a la derecha, acantilado a la izquierda, para aquí y para allá, encontramos la Parrilla Manolo.

Los amigos habían llegado ya. Yo imaginaba churrasco, paellas y chuletones. Vino Ribeiro, Albariño, ¡qué se yo! Y con esto me encontré:

‘Sorpresivamente’ y sin previo aviso fuimos abducidos a lo Catherine Fulop por unos alienígenas con ganas de cachondeo y viajamos en el tiempo. Sí, sí. Terminamos en un rincón de Galicia profunda en el año ¿1950? ¡Exagero! Sería en el 1945. Eso, o estábamos en el plató de El Milagro de Petinto.

Ahí estaba la cuadrilla, comiendo pulpo, un bocata de jamón y tomando ¿vino? sentados junto a las vías del tren, como diría una canción, viendo la vida pasar. En plenos años cuarenta. A 35 graditos del más crudo verano ourensano. Nuestra cara debía ser un poema, al aparcar el coche (sí, sí, pegadito a la vía del tren) y descubrir, que de churrasco, na de na.

(A Edu e Iker les he distorsionado la cara por petición expresa. “A mí nada de pixelarme, a mí una raya bien negra”. Se ve que no quieren ser famosos… ;-D)

En fin, comimos pulpo, que estaba bueno, y nos pillamos una buena medio toña a base de un vino en cuya etiqueta rezaba (palabrita de niño Jesús): «Vino blanco con un toque afrutado». ¿Blanco? Negro. Negro como el carbón, negro como los cojones de un grillo. Negro como tú pelo negro, morena. Pero estaba bueno.

Negro, negro, y eso que lo rebajamos con gaseosa.

Además, servían un aperitivo que nos sonó curioso. «Hay ‘bicho suizo’», rezaba un cartel (en este local eran muy amigos de los carteles).

“Hay bicho suizo”. Yo quería probar, pero nadie se animó conmigo y terminé por rajarme. Hicimos bien. Y todo el día uno: “¿Qué será el bicho suizo?” Y otro: “Algún pescado”. Y al rato, otro más: “¿Qué sería el puto bicho suizo?” Y yo: “Teníamos que haber pedido una ración”. Al día siguiente, tras una rápida búsqueda en Google, descubrimos que era cebo para pescar.

Para no faltar a la verdad, a pesar de lo siniestro del local, comimos muy bien (es que había mucha hambre) y era un sitio muy limpio. Este cartel estaba puesto en la puerta.


Y en la puerta de acceso al comedor, que además de terraza en las vías, tenía uno interior (¿qué pensabais? Esto es alto standing), tenían este otro. Mucho más amenazante, dónde va a parar.

Mientras comíamos, pasaron a nuestro lado un par de trenes que nos hicieron reír (¿o sería el vino blanco?) a la vez que atraíamos las mesas hacia nosotros, no sea que este tren sea un poco más ancho y se lleve la mesa por delante, con el vino en ella. Y todo esto mientras desde la cocina se escuchaba la voz de la dueña una y otra vez: “E, esta xente quen é?”


Ya sabéis. Si pasáis por la Ribeira Sacra, no dejéis de visitar la Taberna Manolo Parrillada. No os puedo decir muy bien dónde está, porque, cuando nos dejaron allí, los extraterrestres no nos dieron las coordenadas. Calculamos que cerca de San Estevo, a un par de kilómetros del embarcadero del Sil y también cerca del embalse de Sequeiros. No tengo más datos, nos perdimos demasiado.

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Ya he descdubierto el lugar concreto. Es la estación de Santo Estevo do Sil.

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5 comentarios

  • Lucky (conductor)

    Extraterrestres? No serían tres conductores y sus respectivos coches los que os dejaron allí?? jejjeje

  • bua bua esta historia suena a peli de miedo de esas tipo “se lo que hicisteis el último verano…
    además yo hubiese matado a alguien porque el pulpo no me hace gracia…

    por cierto, sitúanos un poco más, que sé que la Ribeira Sacra está en Galicia pero de ahí ya me pierdo…

    un saludo compañera!

  • Lucky, los conductores se vieron guiados por una fuerza sobrenatural e irrefrenable que les obligó a perderse 3 veces y a terminar en semejante lugar. ¿No crees? No tienes pinta tú de perderte tan a menudo…

  • Bueno Bueno q mal dejastes al embarquadero!!eran tan malos????joer eso es mala publicidad……bueno y yo pense q lo del bicho suizo era algo comestible, bueno te a quedado bien….un besito

  • esta bien la historia y ese pasaje recondito y surrealista.
    por cierto, se le ve buen pecho a la señorita de rosa…

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